No lo sabía, pero aún no había superado el número cinco. Sus enormes ojos azules delataban la inocencia que encerraban. Solamente había llegado al número tres. Tambaleándose sobre los pies envueltos en rosa y blanco, alzaba los brazos buscando el equilibrio. Llegó al número siete. El mundo insignificante caía bajo sus invencibles pasos. Su prisa la espoleó. Sus tirabuzones saltaban en el aire. Su risa ahogó la advertencia. Y sus rodillas tocaron el suelo. Se sintió desorientada. Y el descomunal mundo apareció nuevamente a su alrededor. Una mueca se dibujó en su cara y la lágrima contenida brotó. Hasta que una voz la acarició y unas manos la irguieron. Aquellas que tan a menudo olvidaba escuchar y tomar, pero que siempre la acompañaban
El vaho que salía entre sus boquiabiertos labios delataba el frío que lo acompañaba, aunque apenas lo sentía. Los continuos tropezones obligaba a sus pequeños pies a parar y a seguir la marcha, como pasos de una danza desconocida.
La ausente oscuridad nocturna daba paso al rojo, verde, amarillo y azul, que reflejados en sus oscuras y profundas pupilas, iluminaban la redondez de su rostro.
Su corazoncito saltaba de alegría, su respiración se agitaba entre la muchedumbre que lo rodeaba. Olía a Navidad. Sonaba a Navidad.
Desvió su mirada y se cruzó con rostros serios, con ojos tristes. Con almas que deambulaban solitarias entre la algarabía. Entonces escuchó la campanita, el brillo de su corona le deslumbró y su pregunta retumbó entre aquella larga y tupida barba... y pidió su deseo
Que desaparezcan todas las miradas tristes del mundo, los corazones solitarios y las almas que deambulan ....